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La Plantación

Bajo el efecto nuboso de los alisios, con un clima templado y húmedo, en esta isla occidental se destacan amplias zonas idóneas para el cultivo.

La técnica del cultivo siempre es manual. Comienza por el semillero donde en parcelas permanentemente cuidadas, al poco tiempo de sembrarse la semilla crece una pequeña y tierna planta de tabaco, llamada postura, que ha de ser objeto de esmerada vigilancia.

Cuando la planta ha llegado a su madurez, se parte la hoja, conforme se van recogiendo de la planta hay que guardar el tabaco durante uno o dos días a la sombra.

A continuación deben unirse las hojas, pasando una porción de hilo, o una fina varilla metálica por los tallos o nervios centrales en la base de la hoja. Se pone revés con revés, para evitar su deterioro al secarse.

Con el fresco de la noche las hojas se cuelgan en el cuje o vara dispuesta horizontalmente sobre las barrederas, delgadísimos y cortos postes verticales que a su vez suelen estar sostenidos por horcas, el conjunto de los cujes y las barrederas se conoce como tendal. Para que el secado sea efectivo y el tabaco quede convenientemente dorado, los cujes deben instalarse según el tiempo reinante al aire libre.

A los ocho o nueve primeros días de haberse puesto el tabaco al fresco sobre los cujes, se trasladan a la casa del tabaco, ésta ha de permanecer cerrada mientras dure el secado y curación de las hojas en su interior, durante ese tiempo el tabaco cuelga de los cujes que atraviesan el ancho de la nave.
El siguiente paso se reduce a sacar el tabaco de las arcas y amarrar las hojas por el tronco con una corteza de platanera, formando matules.

Un matul es un grueso manojo compuesto por tantas hojas como sobrelleve un cuje. El tabaco recogido se agrupa en la formación del pilón o montón, en el que se colocan las hojas del tabaco, hasta que éstas alcanzan el suficiente grado de curación.
Las hojas son separadas y ordenas por tamaño, color y textura, así se establece varias categorías, desde la llamada primera, de excelente cualidades, a la de ínfima cualidad.

A continuación se forman gavillas de hojas por clases, y con ellas se configura el pilón.
Antes de acabar en las manos del torcedor, el tabaco ha de pasar por un tratamiento de moja, las hojas que vienen agrupadas en matules deben mojarse en agua, para que queden húmedas y dóciles, para las próximas labores.
Al día siguiente de la moja, se procede al despalillado, acción que consiste de arrancar de las hojas aquellas venas más gruesas que las asimilables para el torcido, al despalillar las hojas estas quedan fraccionadas casi siempre en dos partes, ofreciendo variedad de tamaños y calidades.

Después de la moja el tabaco suele orearse al aire libre o bajo techo, en secadores de madera y tela.
Las hojas a su vez superarán un último proceso de selección, hay que rezagarlas, esto es, separarlas por clases, tamaños, y colores, a fin de que el torcedor realice series de cigarros similares en tonos y textura, lo que confiere cierta coherencia de presentación a los diferentes mazos y paquetes que se puedan formar con los puros, así pues, el tabaco visible del cigarro, es decir, la capa o envoltorio externo debe su atractiva imagen de color y su suavísimo tacto a un delicado y minucioso repaso en diferentes escalas de labor manual.


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